Candil de la calle, obscuridad en su casa
Club de Periodistas de Jalisco
La congruencia no es precisamente un valor ejercido en un amplio sector de los medios de comunicación, sobre todo considerando sus severas críticas a los equipos de gobierno de todos los niveles y colores partidistas, en el sentido de que las autoridades designan a sus principales colaboradores entre sus cuates y aliados políticos, cuando es exactamente lo que ocurre al interior de las empresas y redacciones comunicacionales, en donde lejos de premiar competencias, formaciones y experiencias, otorgan espacios de privilegio a sus amigos y compinches, de preferencia más ignorantes que el contratante.
Mucha de esa práctica se ha observado en las últimas décadas, en donde sorpresivamente se desplaza a los profesionales y experimentados, por cuerpos esculturales y seguidores en las redes sociales, preferentemente amigos incondicionales y aquellos que no significan competencia directa a sus jefes, como para no generar tentaciones a sus superiores.
Aprovechan precisamente las ocasiones en que se exige adelgazar a la nómina, para deshacerse de los incómodos, rebeldes o que se resisten a formar parte del círculo íntimo de los jefes, con lo que son sustituidos por compromisos personales, políticos y para dar cabida a sus cariñosos afines, claro está, de preferencia más baratos, todo terrenos y que jamás se les ocurra contradecir instrucciones.
Es así como en la radio escuchamos cada personalidad que ni sabe hablar y carece de los más elementales conocimientos generales, o a cuadro televisivo a hombres y mujeres que entre más belleza muestran, menos sabiduría y profesionalismo les caracteriza, ya no digamos en los periódicos en donde pareciera que la consigna es que no hay problema si tienen rezagos lingüísticos, con tal de tener subordinados obedientes, más que competentes.
Con lo que muchos directivos y jefes mediáticos no tienen respaldo moral alguno para señalar otras instancias en las que se privilegien lealtades más que competencias, lo que mucho explica los más bajos niveles de rating (audiencias) que jamás en la historia se han registrado en radio y televisión, al igual que los más pírricos tirajes de medios impresos, algunos de solamente 200 o 300 ejemplares, constituyéndose más en esquemas de simulación que fidedigno arraigo en la opinión pública.




