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Cuando en seguridad, el riesgo cambia de forma

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

La inseguridad en México no es un fenómeno reciente. Es un problema estructural que durante décadas ha evolucionado conforme cambian las condiciones sociales, económicas, territoriales e institucionales del país.

Comprender la seguridad únicamente a partir del número de acontecimientos violentos, puede generar una visión limitada. La violencia no permanece igual, cambia con el tiempo, modifica sus expresiones y encuentra nuevas formas para adaptarse a las condiciones del entorno.

En la columna anterior señalamos que la percepción de inseguridad representa una señal que debe analizarse más allá de una sensación individual o de un dato estadístico. La sociedad construye esa percepción a partir de acontecimientos que alteran la normalidad, modifican rutinas y generan una mayor exposición al riesgo.

Detrás de esa percepción existen condiciones objetivas que deben analizarse: amenazas que evolucionan, vulnerabilidades que permanecen y capacidades institucionales que deben responder a escenarios cada vez más complejos.

La evolución de la violencia en México permite observar cómo el riesgo ha cambiado de forma. Durante la década de 1990, aunque existían expresiones delictivas en zonas urbanas, las actividades relacionadas con el narcotráfico mantenían una dinámica principalmente asociada con producción, trasiego y control de rutas estratégicas. La amenaza estaba vinculada principalmente con zonas rurales, fronteras y corredores de comunicación.

Con el inicio del siglo XXI comenzaron transformaciones importantes. Las organizaciones criminales incrementaron sus capacidades, ampliaron sus áreas de influencia y modificaron sus formas de operación. El territorio dejó de ser solamente un espacio de tránsito y comenzó a convertirse en un elemento estratégico de control.

A partir de 2006 se presentó un punto de inflexión. La dimensión alcanzada por la violencia y confrontación entre organizaciones generó una respuesta institucional de mayor alcance. Sin embargo, la experiencia demuestra que cuando una amenaza enfrenta nuevas condiciones, también busca adaptarse.

La presión institucional modificó las dinámicas existentes, generando fragmentación, aparición de nuevos grupos y disputas por espacios estratégicos. La amenaza no desapareció, modificó sus características.

Entre 2006 y 2012, diversas regiones del país enfrentaron escenarios complejos. Estados del Norte adquirieron relevancia por disputas relacionadas con rutas estratégicas y control territorial, mientras que entidades del Noreste y Occidente comenzaron a presentar dinámicas donde la confrontación entre grupos criminales adquirió nuevas dimensiones.

Entre 2012 y 2018, algunas de estas expresiones permanecieron y otras se transformaron. La disputa territorial continuó en regiones como Michoacán, Guerrero y Sinaloa, mientras que otras entidades comenzaron a enfrentar nuevas dinámicas asociadas con presencia criminal, control económico y capacidad de influencia territorial.

A partir de 2018 inició una nueva etapa institucional en materia de seguridad. La creación de la Guardia Nacional y las modificaciones al modelo de seguridad representaron un cambio importante en las capacidades del Estado mexicano para enfrentar un escenario que ya era distinto.

No obstante, las amenazas continuaron evolucionando. A partir de 2024 comenzó a observarse una nueva etapa dentro de este proceso de transformación. La dinámica de violencia mostró nuevamente cambios importantes. La permanencia de conflictos regionales, modificación de las formas de confrontación y aparición de nuevas expresiones violentas mostraron que el escenario de seguridad continuaba transformándose.

Durante los años 2025 y 2026, diversos acontecimientos registrados en distintas regiones del país permitieron identificar con mayor claridad algunas características de esta nueva etapa. Más allá de la cantidad de eventos violentos, la atención se concentró en la forma en que se han desarrollado, en la capacidad de confrontación mostrada y en los recursos utilizados para llevarlos a cabo.

Los acontecimientos registrados en entidades como Zacatecas, Guerrero y Sinaloa representan algunas expresiones de esta transformación, dentro de un fenómeno que mantiene presencia y características diferenciadas en distintas regiones del país.

Los informes oficiales de instituciones de seguridad y resultados de acciones operativas realizadas durante este periodo, permiten identificar las características del armamento, municiones y explosivos asegurados a grupos delictivos. Estos elementos aportan información para comprender cómo evolucionan las amenazas, cómo modifican sus capacidades materiales y cómo transforman sus formas de operación.

El valor de estos aseguramientos no se encuentra únicamente en la cantidad de elementos asegurados, sino en lo que representan como indicadores de cambio. Las características de estos recursos permiten identificar modificaciones en la capacidad logística, métodos utilizados y formas de generar violencia.

Esto refleja que la amenaza no permanece estática. Cuando modifica sus herramientas, incorpora nuevas capacidades materiales o desarrolla diferentes formas de actuación, también cambia la naturaleza del riesgo que representa para la sociedad e instituciones del Estado mexicano.

Por ello, el comportamiento de la violencia no puede analizarse exclusivamente a partir de los registros estadísticos. La reducción o incremento de determinados indicadores representa solamente una parte del fenómeno.

La evolución de la violencia en México muestra una realidad fundamental: las amenazas no solamente permanecen, también cambian de forma. Puede disminuir algún indicador y, al mismo tiempo, modificarse la capacidad operativa, métodos utilizados y formas de generar impacto.

Esta realidad permite comprender la relación entre percepción y riesgo. Mientras la población identifica cambios en su entorno de seguridad, las características de la amenaza muestran transformaciones objetivas que explican esa percepción.

Lo anterior representa un reto para el Estado mexicano, porque cuando el riesgo cambia de forma, también deben evolucionar las capacidades institucionales con la misma rapidez que lo hace la amenaza. Solo así será posible conocerla, comprenderla, prevenirla y enfrentarla con eficiencia, eficacia y oportunidad.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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