Al hombre el protagónico, a la mujer el antagónico
Fernanda Galindo
La historia está escrita por una pluma que lleva en su tinta una maldición. La de condenar a la mujer a siempre participar desde la sombra y sólo puede ver un poco la luz, si es acompañada del apellido de su marido, como si su presencia necesitara ser validada por un hombre para lograr sostenerse por sí sola.
La conocemos como Josefa Ortíz de Domínguez, envuelta en un apellido ajeno al de ella; pero, antes de “ser de alguien”, ella fue el punto clave en la decisión del destino de un país. Convirtió sus paredes, las cuales llamaba casa, en el corazón clandestino donde se le vio nacer a lo que hoy con mayúscula llamamos Independencia.
Y mientras un susurro femenino atravesaba las grietas de una vida, nace el grito de Dolores. Ella nunca decidió cuanto merecía, se le dejó solamente participar en una escena para ganarse un poco de reconocimiento, para ser aquella mujer que se menciona el 16 de septiembre, aquella figura que solo compartió un sencillo mensaje, que nos permitió probar la libertad.
Se convirtió en un símbolo, antes de convertirse en mujer. Su papel fue el de La Corregidora, dos palabras que caben perfectamente en cualquier plaza o lápida, sin embargo, palabras que nunca se le otorgaron por ser ella, sino por ser compañera de un hombre. Un símbolo del cual no se exige, cuestiona, ni se necesita nada más que el simple hecho de estar.
Pero no fue la única mujer que vivió en la sombra. Leona Vicario, a quien con trabajos se le conoce como la primera mujer periodista del país, además de haber financiado y escrito una lucha entera; hoy solo es una frase más en la sección del libro de historia, igual que a Gertrudis Bocanegra, quien prefirió el fusilamiento antes que el título de traidora. Entre muchas otras mujeres a las que se les permitió entrar al cuarto donde se escribía la historia, pero nunca se les dio un lugar en la mesa.
Doscientos dieciséis años han pasado y la maldición sigue latente como el primer momento en el que se oprimió a una mujer. No se trata solo de un apellido, es el reconocimiento de ser independiente y fuerte por una misma.
La mujer da vida. Y la historia decide quien la merece.




