El paulatino adiós a las estaciones radiodifusoras
Club de Periodistas de Jalisco
Al menos en el esquema en que todavía operan las estaciones de radio de hoy en día, tanto de amplitud como de frecuencia modulada, ya no volveremos a escucharlas hacia finales de esta década, como así advierten expertos y especialistas en la materia.
De manera semejante a los periódicos impresos, seguiremos enfrentando las desoladoras noticias de la desaparición de frecuencias, el traspaso entre empresas y la orientación hacia otros contenidos y su pulverizada interacción con otras plataformas tecnológicas.
Es así como el modelo de noticieros cada hora en la hora, comenzará a desaparecer en breve y también las estaciones de radio hablada permanente, para dar paso a podcast pre-grabados, programas elaborados por inteligencia artificial y mecanismos que permitan a las audiencias, programar desde sus propios dispositivos, los contenidos distribuidos a través de las ondas hertzianas.
Más música efectivamente, pero sin locutores; más anuncios con voces pre-establecidas por programas ideados en computadora, sin productores; más estaciones radiofónicas operadas por robots informáticos, sin prácticamente presencia humana en sus operaciones; más estaciones temáticas diseñadas por cibernautas, en fín, nada que ver con el esquema en que operaba por lo menos en las últimas décadas.
Atrás quedará la compañía, interacción y empatía que caracterizaron diversas señales de la capital jalisciense, la ciudad de México y otras metrópolis del país que podían sintonizarse las 24 horas y generaron comunidad para personas de las diversas edades, generaciones e intereses específicos, sobre todo ancianos, enfermos, ermitaños, con profesiones y hasta afecciones particulares, más aún del ámbito psicológico y psiquiátrico.
Dicen sus actuales concesionarios que ya dejó de ser el extraordinario negocio que llegó a significarse hacia finales del siglo pasado, con índices de audiencia cada vez menores, volúmenes de venta raquíticos y reducida influencia en la opinión pública, además de altos costos de operación y cada vez menos profesionales en sus equipos de trabajo.
Disponer del privilegio de explotar comercialmente estaciones de radio, antaño era garantía de riqueza, incidencia social y política, además de una especie de patente de corso con características de impunidad, excesos y soberbia que ya quedó atrás, lo que confirma que esos perfiles terminaron ahorcando a la gallina de los huevos de oro y hasta platino.




