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Seguridad escolar: consecuencias por no prevenir

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

Torreón, Querétaro y recientes agresiones con armas de fuego que afectaron a una comunidad escolar en Guadalajara, ocurrieron bajo circunstancias diferentes, pero vuelven a colocar la seguridad escolar frente a una realidad preocupante.

El 30 de septiembre, un estudiante de 13 años de la Escuela Secundaria General Esperanza Cabrera, en Querétaro, agredió con dos cuchillos a cuatro integrantes de la comunidad escolar.

Un día después, el 1 de octubre, en Torreón, Coahuila, dos hermanos de 18 años, exalumnos de la Secundaria General número 13 del ejido La Unión, ingresaron al plantel con machetes y petardos. La subdirectora perdió la vida y varias personas resultaron lesionadas.

El 17 de septiembre, detonaciones de arma de fuego en inmediaciones de la Preparatoria 6 de la Universidad de Guadalajara, en Tlaquepaque, Jalisco, motivaron que autoridades escolares resguardaran a estudiantes y suspendieran actividades académicas.

Los tres casos ocurrieron bajo circunstancias diferentes y evidencian orígenes, medios, causas y formas de actuación distintos. En Querétaro, la amenaza se manifestó mediante una agresión con armas blancas, originada dentro de la propia comunidad escolar.

En Torreón, la agresión fue deliberada y provino del exterior. Por los datos disponibles, se presume que fue planeada previamente; se utilizaron armas blancas y medios destinados a generar confusión. A ello se agregan elementos relacionados con el entorno digital y referencias a agresiones escolares anteriores ocurridas en diferentes partes del país.

En Jalisco, la amenaza tuvo otra característica: una confrontación con armas de fuego ocurrida en las inmediaciones del plantel. No tenía como objetivo algún sector de la comunidad estudiantil, pero resulta evidente que tuvo un impacto indirecto sobre ella.

¿Qué condiciones permitieron que la amenaza se materializara en cada caso? En Querétaro, un estudiante permaneció en el interior de la escuela sin que se advirtieran sus intenciones, ni las armas blancas que llevaba consigo. Esta situación le permitió desplazarse dentro de las instalaciones hasta llegar al lugar en que llevó a cabo la agresión.

En Torreón, dos exalumnos lograron ingresar a instalaciones, llevando consigo machetes y petardos. Se desplazaron hasta el espacio en el que cometieron la agresión, sin que previamente fueran identificados y contenidos.

En ambos planteles se evidencian vulnerabilidades en los sistemas de seguridad física y control interno que favorecieron condiciones para que las amenazas pudieran materializarse.

En Jalisco, las vulnerabilidades corresponden a otra dimensión del sistema de seguridad. La confrontación ocurrió en el espacio público próximo al plantel, donde la institución educativa tiene una menor capacidad de actuación. En este ámbito adquieren relevancia la vigilancia del entorno, medidas de prevención y, particularmente, la coordinación con autoridades responsables de seguridad pública.

Los acontecimientos muestran una brecha entre medidas que deberían estar previstas y condiciones reales de los sistemas de seguridad escolar. Un protocolo puede existir, pero su sola existencia no garantiza que una amenaza sea identificada, vulnerabilidades sean reducidas o el riesgo reciba un tratamiento adecuado.

La seguridad física tampoco corrige, por su propia naturaleza, vulnerabilidades existentes. Requiere de una dinámica integral, holística y polivalente en la que recursos humanos, tecnológicos, físicos y procedimentales funcionen de manera articulada para cumplir adecuadamente tareas de control, protección y seguridad. De otra manera, el sistema pierde capacidad para impedir el ingreso de intrusos, controlar su tránsito dentro de instalaciones y prevenir, evitar o contener una amenaza deliberada.

Un tercer ámbito corresponde al entorno. Una escuela tampoco puede controlar por sí sola la violencia presente en el espacio público. Requiere que autoridades educativas mantengan una coordinación permanente con responsables de la seguridad pública para fortalecer la presencia y vigilancia en inmediaciones de planteles, identificar situaciones de riesgo y disuadir eventos peligrosos que puedan afectar directa o indirectamente a la comunidad escolar.

La gestión de la seguridad escolar requiere prevención, pero no se agota en ella. Un proceso de gestión del riesgo necesita personal con capacidad para identificar amenazas, reconocer vulnerabilidades, valorar el riesgo y aplicar medidas adecuadas para su tratamiento, conforme a características particulares de cada plantel, su comunidad y el entorno en que desarrolla sus actividades.

Cuando el riesgo no se previene, los hechos terminan haciendo visibles vulnerabilidades que ya estaban presentes. No surgieron en el momento de la agresión: permanecieron en el sistema de seguridad hasta que una amenaza encontró condiciones para aprovecharlas y materializar un evento peligroso, capaz de afectar la seguridad de una comunidad escolar.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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