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El agua, recurso estratégico en riesgo nacional

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

México enfrenta una paradoja que cada vez resulta más difícil de ignorar; mientras algunas regiones padecen sequías y dificultades para acceder al agua, otras enfrentan lluvias intensas e inundaciones.

En un mismo país, el agua puede representar una amenaza por exceso y un riesgo por escasez; esa es nuestra realidad. Por ello, es importante determinar qué capacidad tiene el país para captar, conservar, tratar, distribuir y administrar estratégicamente el agua.

Para comprender el problema, es necesario mirar hacia atrás. La situación no comienza con el cambio climático ni con el nuevo milenio. Durante la segunda mitad del siglo pasado, México experimentó una profunda transformación demográfica y urbana.

Millones de personas migraron hacia las principales ciudades y zonas metropolitanas, que crecieron aceleradamente. El crecimiento urbano era necesario para el desarrollo del país, pero en muchos casos, la expansión territorial avanzó a una velocidad mayor que la capacidad de planeación y de infraestructura necesaria para sostenerla.

A esta realidad se sumó la variabilidad climática: periodos prolongados de calor y sequía en el Norte de la República Mexicana y lluvias intensas concentradas en lapsos muy cortos en otras regiones del país.

Desde la perspectiva de la gestión de riesgos, la amenaza se encuentra en la variabilidad del clima, periodos de sequía, lluvias extremas y contaminación de las fuentes de abastecimiento. La amenaza, por sí sola, no genera una crisis.

El riesgo aparece cuando se combina con vulnerabilidades acumuladas durante años: infraestructura insuficiente o deteriorada, fugas, sobreexplotación de acuíferos, contaminación, crecimiento urbano sin planeación integral y limitada coordinación entre los distintos niveles de gobierno.

La probabilidad de enfrentar una crisis aumenta cuando estas condiciones coinciden con una disminución en la disponibilidad del recurso o con un incremento en la demanda.

La sociedad también forma parte de esta ecuación. El desperdicio cotidiano, fugas que no se reportan y uso excesivo del agua, pueden parecer acciones individuales de poca relevancia, pero cuando se reproducen millones de veces adquieren una dimensión colectiva. La cultura de prevención comienza con la comprensión de que los riesgos también se construyen mediante decisiones cotidianas que, acumuladas durante años, producen consecuencias estructurales.

Las consecuencias ya pueden observarse. La falta de agua obliga en algunas ciudades a establecer tandeos, distribuir el recurso mediante pipas o recurrir a fuentes alternativas. Para algunos sectores representa una incomodidad temporal; para otros, significa dificultades para realizar actividades básicas, mantener condiciones adecuadas de higiene o sostener actividades productivas.

El impacto alcanza a la agricultura, industria, hospitales, escuelas e instalaciones estratégicas. Cuando el agua escasea, las consecuencias no se limitan al ámbito doméstico.

Lo que ocurre en una ciudad, una cuenca o una zona metropolitana no constituye necesariamente un problema aislado. El agua no reconoce límites administrativos. Una comunidad puede depender de una fuente ubicada en otro territorio y una cuenca puede atravesar varios Estados.

Por ello, las dificultades de abastecimiento en el Valle de México, la presión sobre fuentes que abastecen a Guadalajara y el deterioro de sistemas y cuencas estratégicas en otras regiones del país, forman parte de una realidad nacional que exige una visión integral y coordinación permanente.

Cuando las vulnerabilidades se acumulan y los problemas comienzan a repetirse, ya no estamos frente a situaciones aisladas. Nos enfrentamos a un riesgo estructural que requiere la atención del Estado.

Es precisamente en este punto donde el agua adquiere una dimensión estratégica y puede convertirse en un asunto de seguridad nacional. No porque la escasez represente necesariamente una amenaza inmediata, sino porque la falta de disponibilidad, calidad o distribución suficiente puede generar consecuencias acumulativas sobre la población, economía, servicios esenciales y estabilidad social.

La proyección obliga a actuar de manera preventiva. Si las ciudades continúan creciendo, la demanda aumenta, fuentes se deterioran, agua se desperdicia y periodos de sequía se vuelven más frecuentes o prolongados, además la presión sobre los sistemas hidráulicos será cada vez mayor.

El escenario más complejo no necesariamente será aquel en el que el agua desaparezca por completo, sino aquel en que existiendo, no sea suficiente para todos, no tenga la calidad necesaria o no pueda distribuirse de manera equitativa.

La pregunta no debe centrarse únicamente en cuánta agua tendrá México en el futuro. Debemos reflexionar si tendremos infraestructura, planeación, cultura de prevención y capacidad institucional necesarias para garantizarla.

La seguridad hídrica se construye mucho antes de que el agua falte, mediante planeación territorial, inversión en infraestructura, mantenimiento de los sistemas, protección de fuentes de abastecimiento, uso racional del recurso y coordinación permanente entre tres niveles de gobierno.

El agua no es únicamente un recurso natural. Es una condición para la vida, salud, economía y estabilidad de la sociedad. Administrarla adecuadamente no es solamente una responsabilidad ambiental, es una obligación de seguridad y decisión estratégica de Estado en que también participa la sociedad.

La próxima crisis hídrica no necesariamente comenzará el día en que deje de llover. Puede comenzar mucho antes: cuando una fuente se contamina, cuando una ciudad crece sin infraestructura suficiente, cuando el agua se desperdicia o cuando las instituciones conocen el riesgo, pero no logran actuar de manera coordinada para reducirlo.

El Estado tiene responsabilidad de garantizar su disponibilidad y protección, mientras que la sociedad está obligada a utilizarla racionalmente y evitar su deterioro. El futuro del agua, y con él una parte importante de nuestra seguridad, depende de la capacidad de ambos para actuar antes de que la crisis sea irreversible.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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