¿A qué sabe el café?
Fernanda Galindo
Cómo describir algo tan común, tan amargo, tan multifacético, aquello que me enseñó que, algunas veces, el amor más grande es soltar: dejar que la otra persona sea feliz, aunque su felicidad ya no lleve mi nombre.
Es mucho más que solo una bebida, es tan complejo, tan complicado de especificar. Es un silencio, un amor incondicional que entregué, es una mirada que ve plasmado su pasado en mis ojos, es una risa que aún recuerdo pero que no logro replicar. Es una cara que veo en el espejo constantemente a pesar de no pertenecerme, un rostro que podría jurar pasaría mi vida buscando, pero desearía no volver a ver cómo se desvanece y aleja de mí.
Llega la mañana y me encuentro en una habitación envuelta en café y la necesidad me hace querer cubrir la ausencia con una taza, pero es imposible porque no estoy sedienta de una infusión, sino de un apego.
Atesoro la memoria de cuando el café tenía unas manos talladas tal como las mías, pero con unos cuantos años más, unas manos que de la misma delicadeza con la que tomaban la taza, me sostenían a mí. Probablemente esa es una de las tantas razones que podría encontrar para describir por qué mi desagrado al café. No me refiero del brebaje, sino de aquella llamada que me mantiene esperanzada recibir algún día.
Te extraño más de lo que una taza podría sostener el café.





