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Explosivos: una capacidad que transforma la violencia delictiva

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

El ataque con explosivos contra la comandancia de Seguridad Pública Municipal de Ojocaliente, Zacatecas, adquiere otra dimensión cuando deja de observarse como un acontecimiento aislado. En distintas regiones del país aparecen de manera recurrente, artefactos improvisados, dispositivos colocados en caminos y sistemas adaptados a drones, lo que permite advertir hasta donde han evolucionado los medios utilizados por organizaciones delictivas.

Los explosivos tampoco son nuevos dentro de ese repertorio. Lo que ha cambiado es la capacidad de dichas organizaciones para fabricarlos, adaptarlos, almacenarlos, transportarlos y utilizarlos contra objetivos distintos. Así dejan de representar únicamente un medio disponible y se incorporan a formas de operación que amplían las posibilidades de ejercer violencia.

Los datos oficiales permiten observar esta evolución. En agosto de 2023, la Secretaría de la Defensa Nacional informó la localización de artefactos explosivos en 22 entidades del país. Michoacán concentraba 1,411; Guanajuato, 664; Jalisco, 396, y Chiapas, 121. La misma información registraba dispositivos localizados en tierra, vehículos y drones.

Entre 2024 y 2026, informes del Gabinete de Seguridad del Gobierno Federal documentaron aseguramientos recurrentes de artefactos explosivos improvisados en Sinaloa, Michoacán, Sonora, Durango y Tabasco, además de componentes para su fabricación y dispositivos adaptados a drones. En Sinaloa y Michoacán, los aseguramientos alcanzaron una magnitud particularmente relevante.

La información oficial muestra que la amenaza ha diversificado sus medios y formas de actuación. Su distribución territorial, modalidades documentadas y adaptación para distintos usos, evidencian que los explosivos se han incorporado progresivamente a las capacidades de organizaciones delictivas. Su utilización adquiere mayor relevancia cuando responde al escenario, al objetivo y al efecto que se pretende producir.

Frente a esta amenaza existen vulnerabilidades que favorecen su actuación. Caminos rurales con vigilancia limitada, corredores que permiten movilidad y abastecimiento, zonas geográficas que dificultan el control de las autoridades e instalaciones con deficiencias de seguridad física, generan oportunidades para el traslado, aproximación y utilización de estos medios. A ello se agregan limitaciones institucionales en prevención, inteligencia, control de materiales y detección anticipada.

Estas vulnerabilidades presentan características particulares según el territorio y formas de empleo. En Sinaloa y Michoacán, los explosivos forman parte de confrontaciones entre organizaciones delictivas y agresiones contra autoridades; en Guerrero, los drones con explosivos han alcanzado comunidades rurales; en Zacatecas, las agresiones registradas en Ojocaliente evidenciaron la exposición de una instalación de seguridad pública. Estos escenarios muestran cómo las condiciones del entorno y objetivo son aprovechadas por la amenaza.

La relación entre capacidades de la amenaza y vulnerabilidades determina el riesgo. Su probabilidad se mantiene mientras persistan las condiciones que favorecen estas formas de actuación; el impacto cambia según el entorno, la modalidad de empleo y el objetivo seleccionado. De ahí que el riesgo presente características diferentes entre regiones.

Mientras permanezcan esas capacidades y vulnerabilidades, el uso de explosivos continuará como una constante. Su disminución dependerá de las condiciones institucionales para reducir vulnerabilidades y anticipar o contener oportunamente acciones de la amenaza.

Identificar materiales, detectar procesos de fabricación y traslado, reconocer nuevas modalidades e intervenir antes de la utilización del artefacto, además de mantener capacidades para localizarlo y neutralizarlo, serán funciones clave de las instituciones de seguridad.

México enfrenta un fenómeno que no puede explicarse únicamente por la disponibilidad de explosivos. Su evolución y extensión territorial muestran una capacidad que transforma las formas de ejercer violencia delictiva; su utilización revela selección de medios, objetivos y efectos determinados.

Cuando los explosivos pasan de ser un medio disponible a uno deliberadamente empleado, la cuestión ya no se limita a dónde aparecen o cuánto daño pueden provocar; también importa contra quién se dirigen, para qué se utilizan y qué efecto se pretende producir. Es en esa relación donde comienza a definirse la naturaleza y el alcance de estos acontecimientos. La pregunta obligada es: ¿hasta dónde puede llegar una acción deliberadamente dirigida para producir efectos que trascienden el daño inmediato? El 11-S constituye un referente que obliga a reflexionar sobre ello.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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