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Mundial de Fútbol, laboratorio para la gestión de riesgos

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

El fin de semana concluyó la fase de grupos de la Copa Mundial de Futbol y, a partir de esta semana, el torneo entra en su etapa decisiva. Para México concluyeron los encuentros mundialistas; sin embargo, continúan las transmisiones públicas de los partidos y las concentraciones de aficionados. Este contexto ofrece un momento oportuno para reflexionar sobre las lecciones que el Mundial está dejando en materia de gestión de riesgos.

Los grandes eventos internacionales representan mucho más que una competencia deportiva. Constituyen escenarios donde se pone a prueba la capacidad de planeación de las autoridades, la coordinación interinstitucional, la respuesta de servicios de emergencia y, sobre todo, la capacidad para prevenir riesgos. Desde esta perspectiva, el Mundial ha sido un auténtico laboratorio para identificar fortalezas, reconocer vulnerabilidades y detectar áreas de oportunidad.

La primera lección confirma un principio básico de la gestión de riesgos: la planeación sigue siendo la herramienta más eficaz para reducir la incertidumbre.

Durante varios años, las tres sedes mexicanas prepararon infraestructura, fortalecieron los sistemas de movilidad, modernizaron los centros de monitoreo, capacitaron al personal y diseñaron esquemas integrales de seguridad que permitieron desarrollar los encuentros deportivos bajo condiciones razonables de control.

La experiencia también dejó una lección importante: la planeación no puede limitarse a los estadios. Los riesgos más complejos surgieron en los espacios públicos donde miles de personas se reunieron espontáneamente para celebrar los triunfos de la Selección Mexicana o participar en actividades paralelas al Mundial.

El Ángel de la Independencia, la Glorieta de la Minerva y la Macroplaza se convirtieron nuevamente en puntos de concentración masiva. Ninguno forma parte de la logística de los estadios, pero todos terminaron siendo el centro de atención de los dispositivos de seguridad y protección civil.

Guadalajara ofrece uno de los ejemplos más ilustrativos. Además de las celebraciones en la Glorieta de la Minerva, los conciertos de Maná y Alejandro Fernández reunieron aproximadamente 170 mil y 270 mil asistentes, respectivamente. Estos eventos demostraron que la gestión de riesgos ya no debe enfocarse únicamente en espectáculos deportivos, sino en cualquier concentración multitudinaria con una elevada carga emocional.

Cada uno de estos eventos representó desafíos distintos. El incremento constante en la afluencia de personas, las modificaciones a la movilidad urbana y la necesidad de redistribuir recursos de seguridad y atención médica, obligaron a las autoridades a adaptar continuamente sus dispositivos operativos. La capacidad de respuesta dejó de depender exclusivamente de la planeación inicial para sustentarse en la toma de decisiones en tiempo real frente a escenarios cambiantes.

La segunda enseñanza corresponde a la gestión de multitudes. Durante muchos años, los operativos se diseñaron para controlar accesos y mantener el orden dentro de los recintos. Este Mundial confirmó que el verdadero desafío comienza cuando termina un partido. Una multitud desarrolla comportamientos propios que pueden modificarse en cuestión de segundos por la euforia, el miedo, la incertidumbre o la desinformación, obligando a las instituciones de seguridad y emergencia a responder con oportunidad.

La tercera lección tiene que ver con la inteligencia preventiva. Su principal función consiste en identificar patrones de comportamiento y generar información que facilite la toma de decisiones. Las herramientas tecnológicas permitieron estimar aforos en tiempo real, detectar puntos de congestión y monitorear desplazamientos de personas, por lo que se convirtieron en aliadas indispensables para la prevención.

La cuarta enseñanza es la coordinación interinstitucional. Ninguna dependencia puede administrar por sí sola un evento de esta magnitud. Los resultados obtenidos hasta ahora demostraron que la coordinación entre autoridades de los tres órdenes de gobierno, el intercambio permanente de información y la actuación conjunta fueron factores determinantes para el éxito de los operativos, por lo que es necesario seguir en esa línea de trabajo.

La quinta lección corresponde a la participación ciudadana. La inmensa mayoría de los asistentes mostró una conducta responsable, respetó las indicaciones de las autoridades y contribuyó a mantener un ambiente familiar.

Finalmente el Mundial también evidenció riesgos emergentes como la sobreocupación de espacios públicos, el consumo excesivo de alcohol, la saturación de vialidades, el uso de infraestructura urbana no diseñada para soportar grandes concentraciones y la velocidad con la que circula la información en redes sociales. En este tipo de escenarios, una falla técnica, un fenómeno meteorológico, una estampida o incluso un rumor pueden transformar una celebración en una emergencia de grandes dimensiones.

El principal legado que deja este Mundial es que la gestión de riesgos debe consolidarse como una política permanente para la organización de eventos masivos. La planeación debe seguir siendo la base de la actuación interinstitucional; la inteligencia preventiva, el principal apoyo para la toma de decisiones; la coordinación, el eje de la respuesta institucional; y la participación ciudadana, un componente esencial de la prevención.

En gestión de riesgos existe una convicción que la experiencia confirma una y otra vez: entre reaccionar y prevenir existe una diferencia fundamental. Reaccionar permite atender una emergencia, prevenir evita que esa emergencia ocurra. En otras palabras, reaccionar salva una operación, prevenir salva vidas.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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