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Lluvias no provoca desastres, solo revela vulnerabilidades

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

Cada año, con la llegada de la temporada de lluvias, los mexicanos volvemos a presenciar el mismo escenario: calles convertidas en ríos, viviendas inundadas, carreteras interrumpidas, deslaves, pérdidas materiales y, lamentablemente, personas lesionadas o que pierden la vida. La reacción de las autoridades suele ser la misma.

La reacción institucional suele repetirse. Se atribuyen las afectaciones a lluvias atípicas, a fenómenos extraordinarios o a la fuerza de la naturaleza. Ante esta realidad, creo que la pregunta que deberíamos formularnos es: ¿por qué seguimos sorprendidos por un fenómeno que ocurre todos los años?

México siempre ha sido un país expuesto a fenómenos hidrometeorológicos. Su ubicación entre dos océanos, la influencia de ciclones tropicales, la complejidad de su relieve y la diversidad de sus climas han hecho que las lluvias formen parte de nuestra historia.

Desde las grandes inundaciones registradas en la Ciudad de México durante la época virreinal hasta las recurrentes afectaciones en Tabasco, Veracruz, Guerrero, Jalisco y el Valle de México, el agua ha estado presente de manera constante. La lluvia, por tanto, no debería constituir una novedad.

Lo que sí ha cambiado son las condiciones bajo las cuales ese fenómeno se manifiesta. La evidencia científica muestra que el cambio climático está modificando el comportamiento de muchos eventos hidrometeorológicos.

En diversas regiones del país, las precipitaciones son más intensas y se concentran en periodos más cortos. Tormentas que antes descargaban grandes volúmenes de agua durante varias horas, hoy lo hacen en pocos minutos, incrementando la presión sobre la infraestructura hidráulica y reduciendo la capacidad de respuesta.

Atribuir únicamente al cambio climático, las afectaciones que enfrenta el país, es una explicación incompleta. El cambio climático explica parte del problema. La otra parte se explica por la manera en que hemos ocupado, transformado y gestionado el territorio nacional.

Durante las últimas décadas, México experimentó un acelerado crecimiento urbano que, en muchos casos se desarrolló sin incorporar el análisis del riesgo como criterio de planeación.

Asentamientos irregulares ocuparon cauces, barrancas y laderas, mientras numerosos desarrollos autorizados fueron construidos con infraestructura hidráulica insuficiente para las condiciones demográficas y climáticas actuales. El crecimiento urbano dejó de ser únicamente una expansión territorial para convertirse, en muchos casos, en un generador de nuevas vulnerabilidades.

Esta realidad puede observarse prácticamente en cualquier región del país. Las zonas periurbanas asentadas en las faldas de los cerros y al interior de cañadas, permanecen expuestas a deslaves, corrientes súbitas y escurrimientos que incrementan considerablemente el riesgo para la población. La amenaza es ampliamente conocida. Las vulnerabilidades, por desgracia, también.

Los ejemplos se repiten en prácticamente todo el territorio nacional. Valle de Chalco enfrenta cada temporada, inundaciones que afectan viviendas, comercios y vialidades. En la Zona Metropolitana de Guadalajara, avenidas como López Mateos, Mariano Otero o Patria año con año, se convierten en escenarios donde vehículos son arrastrados por la corriente y cientos de familias registran pérdidas patrimoniales.

Más al Sureste, en Tabasco, las lluvias han comprometido en diferentes ocasiones instalaciones estratégicas vinculadas con Pemex y la operación logística del complejo de Dos Bocas. Los escenarios cambian; el patrón se repite: la lluvia actúa sobre las vulnerabilidades que permanecen sin corregirse a nivel nacional.

En gestión de riesgos existe una diferencia fundamental entre describir una emergencia y comprender por qué ocurrió. Describirla permite conocer sus consecuencias; comprenderla obliga a identificar las amenazas, vulnerabilidades y decisiones que hicieron posible que el fenómeno natural se transformara en un desastre. Es ahí donde la prevención deja de ser un discurso y se convierte en una herramienta para la toma de decisiones.

Desde la perspectiva de la gestión de riesgos, la lluvia constituye la amenaza, la que por sí sola no genera un desastre. El riesgo aparece cuando ese fenómeno coincide con infraestructura dañada o limitadas, con drenajes saturados, con cauces invadidos, con el deficiente ordenamiento territorial, con asentamientos humanos en zonas expuestas y con una elevada concentración de personas y bienes.

La probabilidad de una emergencia aumenta cuando una lluvia intensa coincide con drenajes insuficientes, residuos que obstruyen el flujo del agua, pérdida de áreas de infiltración, infraestructura deteriorada y una ocupación creciente del territorio. Cuando estas condiciones convergen, el riesgo deja de ser una posibilidad y comienza a convertirse en una amenaza real para la población.

El impacto sigue la misma lógica. No está determinado solo por la cantidad de agua que cae, sino por el número de personas que resultan afectadas, por daños en la infraestructura, interrupción de servicios esenciales y pérdidas económicas.

La misma tormenta puede ocasionar daños menores en una ciudad preparada y convertirse en un desastre en otra que comparte la misma intensidad de lluvia, pero no las mismas condiciones de vulnerabilidad.

Las lluvias intensas registradas durante las últimas semanas también demuestran que los riesgos rara vez permanecen aislados. Una inundación puede interrumpir el suministro eléctrico; un deslave bloquear una carretera e impedir el acceso de los servicios de emergencia; el colapso del drenaje generar problemas sanitarios, y la suspensión de actividades escolares y económicas afectar la continuidad de la vida cotidiana. Los riesgos evolucionan y se encadenan, ampliando progresivamente sus consecuencias.

Frente a esta realidad, la prevención debe ocupar el mismo nivel de prioridad que la respuesta. La capacidad operativa de las instituciones de protección civil resulta indispensable, pero la verdadera fortaleza de un sistema de gestión de riesgos se construye antes de que aparezcan las primeras lluvias.

Se fortalece mediante una adecuada planeación territorial, la actualización permanente de los atlas de riesgos, la inversión en infraestructura resiliente, el mantenimiento preventivo de la red hidráulica, la incorporación de criterios climáticos en el desarrollo urbano y una ciudadanía comprometida con la reducción de sus propias vulnerabilidades.

La naturaleza seguirá haciendo lo que le corresponde. Las lluvias continuarán formando parte de nuestra realidad y, muy probablemente, algunos fenómenos serán cada vez más intensos. Lo que sí podemos modificar son las decisiones que incrementan nuestra exposición al riesgo.

Los desastres rara vez comienzan cuando aparecen las primeras precipitaciones, generalmente empiezan años antes, cuando las vulnerabilidades se acumulan sin ser atendidas. La verdadera diferencia entre una emergencia y un desastre no siempre la establece la fuerza de la naturaleza, sino la calidad de las decisiones que fuimos capaces —o incapaces— de tomar con anticipación.

La próxima temporada de lluvias llegará, como cada año. La pregunta no es si volverá a llover. La verdadera pregunta es si, para entonces, habremos corregido las vulnerabilidades que hoy ya conocemos.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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