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Dimensión social de la seguridad y presencia del riesgo

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

Cuando el riesgo cambia de dimensión, también se modifica la responsabilidad del Estado para comprender y atenderlo. Y finalmente, todas esas decisiones, relaciones y capacidades terminan teniendo una expresión concreta en el territorio y vida cotidiana de la sociedad.

Es precisamente ahí donde debemos detenernos. A lo largo de estas columnas hemos observado cómo las amenazas se han transformado, cómo organizaciones delictivas han modificado sus capacidades, métodos y espacios de influencia, y cómo el Estado mexicano ha respondido mediante reformas, instituciones, estrategias y nuevas capacidades. También hemos señalado que las condiciones del territorio y evolución del entorno internacional, modifican la manera en que el riesgo se manifiesta.

La sociedad no se encuentra fuera del sistema de riesgo; forma parte de él. Las amenazas no solamente buscan territorios, recursos o espacios de operación. Identifican condiciones sociales que pueden convertirse en oportunidades para desarrollar sus actividades.

A medida que las organizaciones delictivas modifican sus capacidades y objetivos, buscan nuevas formas de incorporarse a espacios donde pueden obtener beneficios. El reclutamiento, captación, intimidación, extorsión o uso de personas muestran cómo una amenaza puede aprovechar determinadas condiciones de vulnerabilidad.

Esto no significa que una condición social produzca por sí misma delincuencia. Una vulnerabilidad puede convertirse en una oportunidad cuando una amenaza encuentra condiciones para aprovecharla. La falta de información, aislamiento, determinadas condiciones económicas, exposición en entornos digitales o ausencia de redes de apoyo, pueden incrementar la exposición de algunas personas o grupos.

Incluso cuando una amenaza no logra incorporarse directamente a un grupo social, puede intentar debilitar vínculos, aprovechar divisiones o generar condiciones de temor que modifiquen la manera en que personas se relacionan con su entorno.

Por esta razón, la prevención no debe limitarse al momento en que una institución interviene. Implica identificar condiciones que pueden incrementar la vulnerabilidad para actuar antes de que sean aprovechadas por la amenaza.

Aquí aparece una dimensión social de la seguridad. La seguridad pública que es una responsabilidad del Estado, pero que requiere de la participación social.

Las instituciones tienen atribuciones, obligaciones y capacidades que no pueden trasladarse a las personas. Pero existen ámbitos en los que decisiones y conductas de la sociedad pueden contribuir a reducir determinadas condiciones de vulnerabilidad.

Una sociedad informada, es capaz de reconocer riesgos y tomar decisiones oportunas, cuenta con mayores herramientas para prevenir determinadas situaciones. Si bien, esto no elimina las amenazas, sí dificulta su aprovechamiento y reduce sus consecuencias.

Si hablamos de valores, respeto, responsabilidad, disciplina, solidaridad, honestidad y corresponsabilidad, son conceptos asociados a la convivencia social, pero también son expresiones que relacionan a las personas con su entorno y con toma de decisiones; Conductas que por su propia naturaleza fortalecen o debilitan sus condiciones sociales frente al riesgo.

La educación tiene una función igualmente importante. No solamente como formación escolar, sino como un proceso que permite desarrollar criterios para reconocer situaciones, valorar consecuencias, establecer límites, proteger información, solicitar apoyo y tomar decisiones responsables.

Una persona que conoce su entorno y comprende riesgos a los que puede estar expuesta, tiene mayores posibilidades de anticiparse a determinadas situaciones. La prevención comienza, en buena medida, con la capacidad de reconocer que un riesgo existe.

Y es precisamente aquí donde la familia adquiere una importancia particular. La familia constituye uno de los primeros espacios de convivencia, formación y aprendizaje. En ella se transmiten valores, principios, hábitos y conductas. Se desarrollan criterios que posteriormente se expresan en la escuela, el trabajo, comunidad y espacios públicos.

Por ello, la familia se convierte en un espacio inicial para la formación de capacidades preventivas. No solamente porque transmite conocimientos y valores, sino porque puede generar condiciones de confianza y comunicación que permiten identificar oportunamente cambios de conducta, situaciones de vulnerabilidad o escenarios que representen un riesgo.

No se trata de trasladarle responsabilidades que corresponden al Estado, ni de afirmar que la familia puede resolver problemas de inseguridad. Se trata de reconocer que existen diferentes niveles de responsabilidad frente al riesgo.

El Estado debe generar condiciones institucionales para prevenir, investigar, contener y responder ante amenazas. La sociedad, desde sus propios espacios, debe contribuir mediante la participación, cumplimiento de normas y adopción de conductas responsables.

La familia, a su vez, es la que debe fortalecer desde el hogar, valores, principios y capacidades que influyen en la manera en que las personas en su ámbito individual deben enfrentar su entorno, apegadas a normas sociales, respeto de sus semejantes, a su entorno, pero siempre al margen de las condiciones propias del riesgo.

La seguridad, por lo tanto, no comienza cuando una amenaza se manifiesta ni termina cuando una institución responde. Se construye antes, mediante la información, educación, valores, principios y decisiones que las personas adoptan frente a su entorno.

No es solamente la capacidad de responder ante una amenaza. Implica que la sociedad pueda reconocer, comprender, identificar sus propias vulnerabilidades y actuar antes de que sus consecuencias se hagan presentes.

Y esa capacidad comienza mucho antes de cualquier respuesta institucional. Comienza con la educación, fortalecimiento de valores y conductas que estén apegadas a principios éticos y sociales. Se transmite a partir del primer núcleo de convivencia, que es la familia, y se expresa finalmente en conductas y decisiones de cada persona.

Por lo tanto, la gestión del riesgo debe tener su base en la sociedad, partiendo del principio de que tiene capacidades para identificar, anticipar y prevenir y que por sí sola puede reducir sus vulnerabilidades, desde los espacios en que las personas aprenden a convivir, en donde asumen responsabilidades y que toman sus propias decisiones.

La premisa es que una sociedad que conoce sus riesgos, reconoce vulnerabilidades y fortalece capacidades para prevenirlos, Si bien no está en condiciones de eliminar amenazas, sí puede reducir circunstancias de debilidad en sus entornos inmediatos: hogar, colonia, escuela, trabajo y espacios públicos.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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