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Del éxito organizativo al reto de seguridad

EL BAÚL AZUL

Miguel Ángel Rodríguez Martínez

La semana pasada en este mismo espacio, comentaba que los primeros resultados de la Copa Mundial de Futbol ya eran visibles para México. La actividad turística, ocupación hotelera, derrama económica y proyección internacional de la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, confirmaban parte de los beneficios esperados de uno de los eventos más importantes del planeta.

Conforme avanza la justa deportiva y crece la expectativa en torno a la selección mexicana, surge una pregunta que trasciende el ámbito deportivo: ¿qué tan preparadas están nuestras instituciones para administrar los riesgos asociados a la movilización masiva de personas impulsadas por la emoción colectiva?

Desde la perspectiva de la gestión de riesgos, los partidos mundialistas representan una parte del desafío, pero el verdadero examen para las autoridades de los tres niveles de gobierno inicia al término de cada encuentro de futbol, cuando miles de personas se desplazan de manera simultánea hacia los espacios públicos para celebrar una victoria o procesar una derrota. Es en esos lugares en donde convergen seguridad, protección civil, movilidad urbana, servicios de emergencia y la capacidad de coordinación y enlace institucional.

Es evidente que las tres sedes mexicanas realizaron esfuerzos importantes de planeación y organización. Los operativos implementados en los estadios, las zonas de FanFest y corredores turísticos han permitido hasta el momento mantener condiciones razonables de control, orden y seguridad.

Los espacios más controlados suelen ser los que presentan menos problemas. Esto es una realidad. El reto aparece cuando la celebración se traslada a los espacios públicos.

Históricamente, los triunfos de la selección mexicana han provocado concentraciones espontáneas en lugares que la sociedad ha adoptado como símbolos de celebración nacional. El Ángel de la Independencia en la ciudad de México, la Glorieta de la Minerva en Guadalajara y la Macroplaza en Monterrey. Resulta natural que se conviertan en puntos de encuentro para cientos de miles de aficionados.

Si analizamos la conducta observada por los asistentes, podemos señalar que en términos generales ha sido positiva y plausible. Hemos observado a familias completas, jóvenes y visitantes nacionales y extranjeros que conviven en un ambiente predominantemente festivo.

El problema surge cuando se plantea el factor de riesgo, ya que este no depende en sí del comportamiento de las personas. Hay factores que vulneran las condiciones de control, protección y seguridad, como el sobrecupo de personas en los espacios públicos, el consumo excesivo de alcohol, la reducción de rutas de evacuación. Esta situación puede rebasar la capacidad de las autoridades y limitar sus capacidades de apoyo para atender de manera oportuna siniestros, contingencias y emergencias.

Cuando estos factores se combinan con la ocurrencia de eventos peligrosos, ya sean naturales o provocados por el hombre, el riesgo aumenta de manera considerable.

Una falla en una estructura temporal, un incendio, una confrontación colectiva o una estampida generada por pánico pueden transformar una celebración en una emergencia en cuestión de minutos. Por ello, el análisis no debe centrarse únicamente en los incidentes que han ocurrido, sino en aquellos que podrían presentarse en escenarios futuros.

La Ciudad de México enfrentó el escenario más complejo. Las celebraciones registradas en el Ángel de la Independencia pusieron a prueba la capacidad operativa de las autoridades ante una concentración multitudinaria que se extendió por diversos puntos del Paseo de la Reforma. Aunque no se registraron incidentes de consecuencias graves, las imágenes permitieron identificar condiciones de alta densidad humana, ocupación de espacios no previstos para ese fin y dificultades potenciales para una evacuación rápida en caso de emergencia.

Guadalajara presentó desafíos similares en la Glorieta de La Minerva. Además de la elevada concentración de personas, se observaron afectaciones a la movilidad, atención médica por deshidratación y golpes de calor, así como algunos actos de desorden que, aunque aislados, reflejan el comportamiento que suele aparecer cuando la emoción colectiva supera los mecanismos informales de autocontrol social.

Monterrey ha mostrado hasta el momento una dinámica relativamente más contenida. La distribución de asistentes entre distintos espacios de convivencia ha contribuido a reducir la presión sobre un único punto de concentración, pero sería un error interpretar esta situación como una garantía de seguridad permanente. La experiencia demuestra que cada triunfo del seleccionado mexicano incrementa significativamente la afluencia de personas y modifica las condiciones inicialmente previstas por los organizadores.

Los próximos encuentros del equipo anfitrión deben considerarse eventos de atención prioritaria. Si el equipo nacional continúa avanzando en la competencia, es razonable anticipar un incremento en las concentraciones públicas, una mayor presión sobre los servicios de emergencia y un aumento en la complejidad de los operativos de seguridad.

Más que celebrar la ausencia de incidentes graves, las autoridades se deben concentrar en revisar capacidades, corregir vulnerabilidades y fortalecer las medidas preventivas. La experiencia que se tiene en eventos de esta naturaleza en otros países demuestra que las tragedias asociadas a grandes concentraciones humanas, suelen ocurrir cuando la confianza desplaza a la prevención y cuando el éxito de las jornadas pasadas, provoca una percepción equivocada de control total.

Al escribir sobre los primeros resultados del Mundial señalaba que el legado de esta competencia no debía medirse únicamente en cifras económicas o indicadores turísticos. Hoy considero que el verdadero reto para las instituciones del Estado consiste en anticipar riesgos y fortalecer las capacidades preventivas necesarias para mantener condiciones de control, protección y orden en escenarios de alta concentración humana y elevada carga emocional.

En gestión de riesgos existe una máxima que rara vez pierde vigencia: el éxito de una operación no se mide por la ausencia de incidentes, sino por la capacidad para evitar que los riesgos identificados se materialicen. Hasta ahora, las tres sedes mexicanas han superado sus primeras pruebas. Los desafíos más complejos suelen presentarse cuando aumenta la confianza y cuando disminuye la percepción del peligro.

Si la selección mexicana continúa avanzando en el torneo, las concentraciones crecerán, la exposición será mayor y las exigencias para las instituciones también. Por ello, más que celebrar los resultados obtenidos hasta el momento, conviene analizarlos como una oportunidad para fortalecer la prevención, corregir vulnerabilidades y preparar la respuesta ante escenarios de mayor complejidad.

La selección azteca puede ganar o perder en la cancha. Lo que no puede permitirse perder el Estado mexicano es la capacidad de preservar la seguridad de quienes participan en la celebración. Ahí se encuentra, el resultado más importante que dejará este Mundial.

Hagamos de la seguridad, una disciplina, una norma de conducta y un principio de observancia.

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Es experto en planeación estratégica, gestión de riesgos y seguridad patrimonial, además de académico en la Universidad Panamericana

miguel.rodriguez@notiemp.com

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